El padre de Nadia: que una oveja negra no nos haga descuidar el rebaño

Tiempo de lectura: 6 minutos

Era muy generoso. Nacho te invitaba a cenar en un sitio caro sin despeinarse. Y otro día era al revés. Viajamos juntos, hicimos mil cenas entre amigos…y nunca nada llamaba nuestra atención.

Era un tiempo en que nos iba muy bien económicamente y planeábamos inversiones. El propio Nacho ofrecía a cualquier amigo una oportunidad de negocio y ninguno desconfiábamos, porque él mismo invertía. Cuando alguien te recoge en un BMW de 90.000€, lo último que se te pasa por la cabeza es que no tenga dinero.

Y sí, lo tenía: a uno de nuestra pandilla lo invitó a unas vacaciones de una semana a cuerpo de rey en el Caribe. Éramos 8 ó 10 y casi nadie levantó nunca una ceja. A tres nos invitó a comer una mariscada el día que quiso compartir con nosotros que le habían ascendido a director de recursos humanos de su empresa para toda Europa. Nacho llegó con traje, aflojándose el nudo de su corbata y tarde, disculpándose porque estaba agobiado con tanta responsabilidad. Respiraba estrés.

Fueron cuatro o cinco años de ser muy amigos, con una única pista de duda: sus celos. No le gustaba que sus amigos nos relacionásemos sin él. Cuando todo estalló, ya entendimos por qué. Pero durante tiempo, muchas personas normales y viajadas, con una inteligencia dentro de la media, tuvimos una relación de plena confianza en él. Era lo lógico: a mí me ofreció dejarme dinero una vez que me hacía falta, sabiendo que se lo devolvería en unas semanas.

Alguna vez, yo le dejé a él alguna cantidad pequeña, que siempre me devolvió. Cuando empezamos a hablar entre nosotros a sus espaldas, ya era tarde. No dábamos crédito. El amigo al que Nacho invitó al Caribe, intentaba perplejo asimilar que, quien creía su amigo, le había invitado, sí, pero con su propio dinero: Nacho le pidió dinero para meterle supuestamente en un negocio inexistente que le costó 30.000€ a él y otro tanto a su novia.

Cuando quisimos comprobar si era director de recursos humanos europeo de aquella farmacéutica, e indagamos en su historia laboral, descubrimos anonadados que Nacho llevaba 7 años sin trabajo. No dábamos crédito. Vivió la gran vida 7 años a costa de engañar a decenas de personas en una cadena de mentiras elaboradísima. Aún recuerdo con estupor cómo vi su piso arrasado la Nochebuena que me llamó la Policía, porque vieron mi número entre sus frecuentes en su factura del móvil, y fui en nombre de Nacho a su casa para contarle -pues le pilló de viaje- lo que él sabía pero disimulaba saber: cómo se la habían desvalijado. Fue un auto-robo, otro numerito para sacarle el dinero a alguien; en este caso, a su seguro de hogar, claro.

A la mariscada del día de su ascenso, Nacho llegó fingiendo estrés, cuando se había levantado en su casa a las 14,30h tras la enésima juerga del día anterior. Se trajeó e hizo su función, una de cientos. Pasaron muchas cosas y mucho tiempo hasta que por fin quienes eran sus amigos se convirtieron en denunciantes.

Yo fui el único amigo al que nunca intentó engañar Nacho, por pura estrategia. Era el único que pertenecía a varios grupos de amigos que no se conocían entre sí: los de la noche, los casados, los de tal sitio…y yo me trataba con todos. No fui más listo que el resto, solo tuve suerte porque engañarme a mí le debió de parecer riesgo seguro de que su estafa se expandiera más rápido entre los distintos círculos que me tenían como elemento común.

La justicia tardó, pero hoy Nacho lleva varios años durmiendo en la cárcel de Soto del Real. Lo escribo y me sigue pareciendo mentira que un tipo con educación y cultura, que vivimos como alguien cercano, fuera un actor consumado y un estafador. Fueron los juicios por los casi un millón de euros estafados a decenas de personas -algunas ni las conocíamos, claro- lo que le llevó a prisión. Parece un guion de cine pero es real, una historia de mi vida de hace 10 ó 12 años.

Todo esto me viene a la cabeza cuando reflexiono sobre Fernando Blanco, el padre de Nadia, ya condenado en su día por estafa, y veo cómo nos ha engañado a todos durante años. También cerca de un millón de euros, también dormirá pronto en prisión, puede que en Soto del Real, puede que con mi examigo. Me pongo en la piel de los periodistas que más han picado y más han colaborado en difundir su patraña, en lo mal que se sentirán de haber colaborado como eslabones cruciales para que ese padre consiguiera lo que todos creían que era una suma necesaria para salvar a su hija.

También me pongo en la piel de todos los lectores, oyentes y espectadores que hemos sido engañados con la colaboración de esos periodistas, y se me revuelve el alma, como a todos (periodistas incluidos). Ya ha habido muchas columnas que subrayan lo que todos pensamos: mal periodismo, debieron contrastar más y confiar menos en el corazón.

El padre de cada periodista pudo al periodista, el dolor de la empatía les ganó, y eso llevó a no dudar y a apoyar con pasión de padres heridos y no con la frialdad del informador. No me sale juzgar a todos los que se han equivocado, aunque queda un aprendizaje claro: los medios deben contrastar hasta el último dato, y si hablamos de publicar cuenta corriente para colaborar y de animar a hacerlo, entonces hay que bucear y comprobar hasta el último detalle.

Aberasturi no se atreve a juzgar siquiera al padre de Nadia, y eso que él tiene más legitimidad para hacerlo que otros que no sabemos lo que es sufrir por un hijo enfermo. A mí no me sale disparar contra los medios, aunque la crítica ha quedado dicha. Pero una vez que vemos que fallaron estrepitosamente, me interesa poner el foco en el futuro.

Y el futuro es una mierda. De eso sí culpo a todos, pero sobre todo y por encima del resto, al tal Fernando Blanco, el padre de la pobre Nadia, víctima inocente de la codicia y la desvergüenza de un padre que parece que la usó como trampolín para su vida a costa de los demás, con la colaboración estelar de la madre.

Es una mierda ese futuro para todo el que, en adelante, quiera apelar a la solidaridad de los demás por las buenas. Yo no soy nadie en la solidaridad. Soy socio de muchas ONG desde los ’90 y vivo con pasión el ayudar desde la barrera, sin mancharme las manos, sin bajar a terreno. Sí, me peleo todo lo que puedo con todo el que se refugia en la falacia de que el dinero no llega para no colaborar; o con quienes se escandalizan de que las ONG inviertan en marketing para crecer. Pero no aporto casi nada.

Conozco el mundo ONG también porque difundo muchas campañas en el blog y soy asesor pro bono de la Asociación Española de Fundraising, que reúne al 90% de los donantes de España. Pero soy el último mono de una cadena en la que el valor más importante lo aportan quienes dedican su vida y su tiempo, quienes se arriesgan y dejan el alma en ayudar a otros. Esos son los que valen.

Y por esos hoy lloro. Lloro por todos los que dan puñetazos en la pared al saber que mañana lo tendrán más difícil aún para convencer a una señora por la calle de que se dé de alta en su ONG; lloro por quienes tienen un hijo o una hija con una enfermedad durísima y verán cómo al entrar en un plató a contarlo, les ponen boca abajo. Desde ahora, les cachearán emocionalmente como a veces a todos nos desnudan en los aeropuertos internacionales tratándonos como si fuéramos terroristas o traficantes de droga.

Los tocahuevos, que siempre intentan llevar la razón, tendrán gracias a Fernando Blanco barra libre para ganar cualquier discusión. Ese señor ha destrozado la vida de su hija y de sus cercanos, y también la suya. Pero por el camino Fernando Blanco nos ha jodido a todos y ha hecho añicos la base de la confianza. Se ha cargado, sin remedio, una parte de nuestra solidaridad. No me consuela que pague por ello.

Solo me queda una reflexión, que ojalá compartas: una oveja negra no tiñe de negro el rebaño. Somos 5 millones los españoles que donamos dinero a causas solidarias, y muchos más los que hacen mil cosas solidarias por sus cercanos o por los lejanos sin necesidad de dinero: de los que alojan a alguien en casa a quienes llenan anónimamente la nevera de otros, pasando por quienes regalan su tiempo para que alguien lo aproveche para una buena causa. Y mil gestos más que son, todos, SOLIDARIDAD, con mayúsculas.

Que la historia de un desaprensivo que burló todos los controles no nos cambie: sigamos siendo solidarios con quien lo merece. Alguien nos engañó, pero una vez que queda claro que debemos extremar los controles, no cerremos el grifo del corazón: seamos solidarios con quien lo necesite en el futuro. Su vida dependerá de ello ;).

Pablo Herreros

Pablo es periodista y bloguero. En sus ratos libres trabaja como socio-director de Goodwill Comunicación, empresa que no se libra de él desde 1994. Activista perdido, él cree que El poder es de las personas -hasta escribió un libro con ese título- y cuando sea mayor aspira a escaparse a bailar flamenco y a volver más veces a su querida Nueva York.

2 Comentarios

  1. Avatar
    Netambulo Diciembre 13, 2016

    Alucinante historia, con fantástica moraleja. Gracias por compartirla, Pablo.

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    • Avatar
      Pablo Herreros Diciembre 13, 2016

      Gracias a ti, Juanan!

      Responder

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