#ElPaisSinFirmas y Fuenteovejuna: los directivos respiran por la herida
He tenido la suerte de ver muchas veces la genial Fuenteovejuna de Antonio Gades. Clavada llevo en mi memoria esa escena final, que resumo para quien no la haya visto: la voz en OFF, que hace de juez, pregunta tres veces: “¿Quién mató al comendador?”, y toda la compañía, apuntando al cielo sus aperos de labranza, grita un inmenso “YO” desesperado como una sola voz, que deja al patio de butacas sobrecogido. La he visto 7 u 8 veces y, aun así, casi siempre lloro y sigo saliendo del teatro con el estómago revuelto. ¿Por qué? Pues resumiéndolo mucho, por la autenticidad de la escena, de su mensaje y de sus protagonistas. Esa es la palabra: autenticidad. Te crees la reivindicación del pueblo porque además has sido testigo de su bondad y de la maldad del comendador.
Por eso me ha parecido zafia la utilización del concepto Fuenteovejuna que han hecho hoy los directivos de El País en una diatriba enmascarada como tribuna de opinión. El artículo lo vi esta mañana en la portada de la web de El País, y lo firman el director actual del diario y todos sus predecesores, al unicornio: juntos y, como directivos que son de PRISA, publican Transparencia frente a Fuenteovejuna, que es un tratado de periodismo, pero al revés. Las cuatro firmas estrella son: Juan Luis Cebrián, Joaquín Estefanía, Jesús Ceberio y Javier Moreno. Y lo gracioso de su escrito es que está hecho con maestría para procurar que el comendador se vuelva pueblo y el pueblo se vuelva comendador.
El tema es viejísimo: usar a los lectores como ariete contra el de enfrente, y torcer para ello el noble derecho a la información. Lo que pasa es que en la pelea se esconde que además de representantes del derecho a la información, los medios de comunicación privados son empresas cuyo objetivo es producir beneficios. Y a veces una cosa y otra -interés por la transparencia e interés por lo económico- son simplemente incompatibles. Todo ello, en un mundo en el que los medios son cada vez más dependientes y la información independiente va pasando más a blogs personales y otros espacios en los que no se depende de ingresos publicitarios.
El problema laboral de los trabajadores de El País es complejo y claro reflejo de estos tiempos en los que los medios de comunicación sufren un chorreo de lectores e ingresos por la crisis y, sobre todo, por el cambio tecnológico de la web 2.0 que tanto comentamos aquí y en otros mil blogs. La dirección de El País persigue abaratar sueldos -lógico para buscar rentabilidad- y los trabajadores quieren que no se les menosprecie con contratos insultantes.
Lo que me ha llamado la atención de la polémica es ver cómo un Goliat en forma de tribuna de gerifaltes mancomunada pretende vestir al lobo de caperucita y a caperucita de lobo, riéndose de la cláusula de conciencia que nos protege a los periodistas (Mira el Art. 14.2 de la Ley de Propiedad Intelectual) y haciendo que parezca que los redactores son unos caprichosos que actúan desde la irresponsabilidad absoluta. Los directivos atribuyen a los redactores el papel de Fuenteovejuna y se olvidan de que en el guión de Lope de Vega el pueblo no mata por maldad sino en defensa propia. ¿Qué gran falta atribuyen Cebrián, Moreno y compañía a los redactores? ¿Se han ido de cañas en vez de trabajar? No. Su delito es simplemente renunciar al protagonismo, a la firma de su trabajo, que han seguido haciendo con mimo y dedicación, como siempre.
Lo que hacen los directivos es, en mi opinión, un ejercicio calculadísimo de manipulación, contestado por esta discreta defensa del Comité de Empresa de El País, manifiestamente mejorable. ¿Quién tiene razón? Como toda disputa laboral, es compleja y no tengo una opinión nítida porque ignoro mil datos (aportadlos en los comentarios, que nos enriqueceréis a todos). Cuando son las 21h de hoy martes, el conflicto ha pasado a Twitter, en donde puedes leer lo más significativo dicho bajo la etiqueta #elpaissinfirmas. Si la pelea en El País es desigual, en Twitter impera la solidaridad con los redactores y la ausencia de contrincante (los directivos prefieren discutir en su terreno, el periódico, y no bajar a las arenas movedizas de las redes sociales…).
Ya ves que mi corazón está más con el pueblo que con el comendador, pues creo que aquél actúa con transparencia y éste se la intenta apropiar para echar a los lectores contra sus propios redactores. Pero no tengo por qué ser objetivo. Lo que sí es clarísimo es que en el camino, el periódico cae un peldaño en credibilidad y solitos se meten en un berenjenal del que la marca El País saldrá trasquilada. Fórmate tu propia opinión leyendo la tribuna completa (las negritas y subrayados son míos, para subrayar el cuidadoso empleo de adjetivos y verbos):
Transparencia frente a Fuenteovejuna
JUAN LUIS CEBRIÁN, JOAQUÍN ESTEFANÍA, JESÚS CEBERIO y JAVIER MORENO 28/06/2011
Durante los últimos días los lectores de EL PAÍS habrán podido comprobar que numerosas informaciones, reportajes y entrevistas han salido publicados en el periódico sin las firmas de sus autores. Ello se debe a la iniciativa de una asamblea de redactores que decidió adoptar dicha actitud como medida de presión durante las negociaciones del convenio colectivo de la empresa editora del periódico. Queremos expresar claramente, al margen del desarrollo de dichas negociaciones, que a nuestro juicio dicha postura va contra las normas del ejercicio profesional, al involucrar el contenido del periódico en un contencioso laboral.
No firmar los textos es una falta de respeto al lector al primar un asunto laboral sobre lo profesional
Desde el inicio de EL PAÍS se mantuvieron nítidamente separados el ámbito profesional del laboral, y por ello los representantes de los periodistas se agrupan en dos organismos distintos, el comité profesional y el comité de empresa, para, respectivamente, debatir asuntos relativos al ejercicio de la profesión, y negociar los temas estrictamente laborales con la dirección del periódico. Naturalmente, cualquier periodista tiene derecho a no firmar lo que no quiera, y así se respeta en el Estatuto de la Redacción de EL PAÍS, pero este es un derecho relacionado con la cláusula de conciencia, y por tanto, individual, y de ninguna manera colectivo. Los contenidos del periódico, el derecho de veto sobre los originales, el diseño del producto, las normas a aplicar y la línea editorial son responsabilidad exclusiva del director del mismo, según el Estatuto de la Redacción. Este regula los derechos y deberes profesionales de los periodistas, la dirección y la propiedad del medio, y fue aprobado en junta general de accionistas. De ningún modo puede alterarse su contenido de modo unilateral sin modificar las bases de este pacto que regula el equilibrio de las tres partes.
Nos parece una grave falta de respeto a los lectores manipular la presentación de trabajos que por su estilo y su propia naturaleza encierran valoraciones, opiniones, comentarios y análisis de quien los hace y, sin embargo, no los firma.
Ni el periódico comparte necesariamente esos puntos de vista ahora anónimos (que aparecen bajo la referencia de EL PAÍS, sin que lo sean), ni el lector puede hacerse una cabal idea respecto al significado de los mismos, habida cuenta que desconoce su autoría. La transparencia es una exigencia indeclinable de un periodismo digno, responsable y de calidad, que no puede refugiarse tras la protesta opaca del Fuenteovejuna de turno. Cada discusión, a su ámbito: ocultar la autoría de una crónica, una entrevista o reportaje, en virtud de una decisión colectiva que nada tiene que ver con el contenido de dichos trabajos, atenta contra la deontología y el buen hacer profesional, y daña la relación normal con los lectores.
Desde la fundación de EL PAÍS nos hemos esforzado por hacer valer unos principios cuya quiebra nos parece de una gravedad sin precedentes, y una marcha atrás en la forma de hacer de la Redacción. Quienes hemos dirigido EL PAÍS durante sus 35 años de existencia pedimos disculpas a nuestros lectores por lo que constituye una falta de consideración a sus derechos. Por lo mismo, creemos que hay que tomar las medidas necesarias para recuperar el crédito perdido y que nadie siga afectando a la calidad de EL PAÍS y a su relación con sus lectores de modo tan irresponsable. Resuélvanse los problemas laborales en el terreno laboral y los profesionales en el suyo propio, sin tomar de rehenes a los lectores, que son en última instancia aquellos para los que todos debemos trabajar.
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